miércoles, 23 de abril de 2014

SOLO UNIDOS A CRISTO (1era Parte)



"Señor, reconozco que el hombre no es dueño de su camino, 
ni del que camina dirigir sus pasos" (Jeremías 10:23).


A veces pensamos que sí, que el hombre es dueño del universo;  al menos del universo de su propia vida. ¿Acaso no le concedió Dios la prerrogativa del libre albedrío? ¿Ni es él el que decide finalmente su destino, de acuerdo a sus elecciones en la vida? Si bien es cierto que el hombre decide entre la derecha y la izquierda, entre el norte y el sur, entre el bien y el mal, no está en su mano definir estos parámetros, no puede ver mas allá de lo que está delante de sus ojos, ni puede generalmente cambiar las circunstancias que rodean sus decisiones. 

Nadie puede cambiar las leyes del universo ni a favor ni en contra, ni siquiera con el mejor de los propósitos; solo puede tomar una decisión al respecto "dadas las circunstancias". Tampoco puede simplemente actuar así o de éste otro modo. "Hay una ley en mis miembros - declara el apóstol-, que me "hace hacer" lo que no quiero y me "impide hacer" el bien que quiero. En otras palabras, el hombre está también sujeto a su propia naturaleza. Sólo el poder de Dios actuando a través de él puede producir una pizca o una montaña de bien. Y en éste último sentido, tampoco es "señor de su camino".


Y esto nos acerca al otro aspecto importante de la segunda parte del versículo. Nadie puede gloriarse de su fuerza de voluntad, de su bondad intrínseca, de su astucia o sabiduría y ni siquiera de su montaña de fe para alcanzar el triunfo en su vida cristiana.  ¿Quien puede echar a andar todos los complicados procesos cerebrales mancillados por el virus del mal? ¿Quien puede "pegar" los pedazos rotos del corazón quebrantado por esa "caída al pecado" tan espectacular hace seis milenios?. Mejor confiar en la obra de sanidad divina. Mejor es decir con el salmista: "Crea en mi, oh Dios, un corazón puro y renueva un espíritu recto dentro de mi" (Salmo 51:10). Y otra vez: "Ordena mis pasos con tu palabra" (Salmo 119:90).

Gloria Lozano-Castrejón

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