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domingo, 5 de octubre de 2014

SED HACEDORES DE LA PALABRA

“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6).

Solamente estáis seguros cuando, en perfecta sumisión y obediencia, os relacionáis con Cristo. El yugo es fácil, porque Cristo lleva el peso. Al levantar la carga de la cruz, se convertirá en liviana; y esa cruz es para vosotros una garantía de vida eterna. Es el privilegio de cada cual seguir alegremente a Cristo exclamando a cada paso: “Tu benignidad me ha acrecentado”. E.G.W.



Pero si queremos viajar en dirección al cielo, debemos tomar a la Palabra de Dios como nuestro libro de texto. Debemos estudiar nuestras lecciones diarias en las palabras de la inspiración… La humillación del hombre Cristo Jesús es incomprensible para la mente humana; pero su divinidad y su existencia antes de que el mundo fuera creado jamás pueden ser puestas en tela de juicio por los que creen en la Palabra de Dios. E.G.W.



El apóstol Pablo nos habla de nuestro Mediador, el Hijo unigénito de Dios, quien en su estado glorioso tenía la forma de Dios y era el Comandante de todas las huestes celestiales, y que no obstante, al revestir su divinidad de humanidad, tomó sobre sí la forma de siervo… Debemos abrir nuestro entendimiento para comprender que Cristo dejó a un lado su manto real, su corona de Rey, su elevado mando, y revistió su divinidad con humanidad para poder encontrar al hombre donde estaba, y brindar a la familia humana el poder moral de convertirse en hijos e hijas de Dios (Hijos e hijas de Dios, p. 83). E.G.W.

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22).



El Señor quiere que toda alma lo sirva. Aquellos para quienes se han abierto los oráculos sagrados, que ven la verdad, y se entregan a Dios en cuerpo, alma y espíritu, comprenderán que las palabras del Salvador: “Ve hoy a trabajar en mi viña” (S. Mateo 21:28), son un requerimiento, aunque no una obligación. La voluntad de Dios se manifiesta en su Palabra y los que creen en Cristo pondrán en práctica sus creencias. Serán hacedores de la Palabra. E.G.W.



La prueba de la sinceridad no depende de lo que se dice, sino de los hechos. Cristo no le pregunta a nadie: “¿Hablas tú más que los demás?”, sino: “¿Haces tú más que los demás?” Estas palabras suyas están llenas de significado: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (S. Juan 13:17). Las palabras no tienen valor a menos que sean sinceras y veraces. El talento de la palabra resulta eficaz y de valor cuando está acompañado de los hechos correspondientes. Es vital para cada alma que escuche la Palabra y la ponga en práctica. E.G.W.


“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella” (S. Mateo 7:13) [...].


Tenemos evidencias de que hay muchos engañadores en el mundo que dicen: “Sí, Señor, iré”, pero no van. Pueden pronunciar palabras suaves y hacer hermosos discursos, pero engañan; revelan por medio de sus vidas que sus palabras no están arraigadas en Dios. La vida práctica es una manifestación genuina del carácter. Por medio de nuestras palabras y obras revelamos ante el mundo, los ángeles y los hombres si creemos que Cristo es nuestro Salvador personal. E.G.W.



Por medio de nuestras buenas obras no podemos adquirir el amor de Dios, pero podemos demostrar que lo poseemos. Si sometemos nuestra voluntad y nuestra conducta a Dios, no obraremos para conseguir el amor del Señor; en cambio, obedeceremos sus mandamientos porque es justo hacerlo. Juan, el discípulo, escribió: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). La verdadera vida espiritual se manifestará en toda alma que esté sirviendo a Cristo. Los que estén vivos en el Señor estarán llenos de su Espíritu, y no podrán hacer otra cosa sino trabajar en su viña. Pondrán en práctica las palabras de Dios. Medite cada alma con oración para que pueda obrar consecuentemente (Cada día con Dios, p. 244). E.G.W.

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lunes, 29 de septiembre de 2014

VELAR Y ESTAR PREPARADOS

“Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas éstas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lucas 21:36).

Al considerar el poco tiempo que nos queda, debiéramos velar y orar como pueblo, y en ningún caso dejarnos distraer de la solemne obra de preparación para el gran acontecimiento que nos espera. Porque el tiempo se alarga aparentemente, muchos se han vuelto descuidados e indiferentes acerca de sus palabras y acciones. No comprenden su peligro, y no ven ni entienden la misericordia de nuestro Dios al prolongar el tiempo de gracia a fin de que tengan oportunidad de adquirir un carácter digno de la vida futura e inmortal. Cada momento es del más alto valor. Se les concede tiempo, no para que lo dediquen a estudiar sus propias comodidades y a transformarse en moradores de la tierra, sino para que lo empleen en la obra de vencer todo defecto de su carácter, y en ayudar a otros por su ejemplo y esfuerzo personal, a ver la belleza de la santidad. Dios tiene en la tierra un pueblo que con fe y santa esperanza está siguiendo el rollo de la profecía que rápidamente se cumple, y cuyos miembros están tratando de purificar sus almas obedeciendo a la verdad, a fin de no ser hallados sin manto de boda cuando Cristo aparezca… Las señales predichas en la profecía se están cumpliendo rápidamente en derredor nuestro. Esto debe inducir a todo aquel que sigue verdaderamente a Cristo a actuar con celo (Exaltad a Jesús, p. 345). E.G.W.

“Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis” (Mateo 24:44).

Somos incapaces de mirar al futuro, que a menudo nos causa inquietud e infelicidad. Pero una de las mayores evidencias que tenemos de la benevolencia de Dios es su ocultación de los acontecimientos del mañana. Nuestra ignorancia del futuro nos hace más vigilantes y fervientes hoy. No podemos ver lo que nos espera. Nuestros planes mejor trazados a veces parecen insensatos y defectuosos. Pensamos: “¡Si tan solo conociéramos el futuro!” Pero Dios quiere que sus hijos confíen en él, y estén listos para ir donde él los conduzca. No sabemos el tiempo preciso cuando nuestro Señor se manifestará en las nubes de los cielos, pero él nos ha dicho que nuestra única seguridad está en estar preparados constantemente, velando y esperando. Sea que tengamos por delante un año, o cinco, o diez, debemos ser fíeles hoy a nuestra creencia. Debemos realizar los deberes diarios tan fielmente como si fuera el último día que vivimos. E.G.W.

No estamos cumpliendo la voluntad divina si esperamos ociosamente. A cada uno ha dado su obra, y espera que cada uno cumpla fielmente su parte… Como nunca antes, hay que resistir contra el pecado, contra los poderes de las tinieblas. El tiempo exige una actividad enérgica y decidida de parte de los que creen la verdad presente. Deberían enseñarla por precepto y ejemplo. E.G.W.


Si parece larga la espera de nuestro Libertador, si nos sentimos impacientes por la terminación de nuestra comisión, afligidos y cansados, recordemos… que Dios nos ha puesto en el mundo para enfrentar tormentas y conflictos, para perfeccionar el carácter cristiano, para familiarizamos mejor con Dios nuestro Padre y Cristo nuestro Hermano mayor, y para trabajar por el Maestro en la ganancia de muchas almas para Cristo, para escuchar llenos de gozo las palabras: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:23) (A fin de conocerle, p. 360). E.G.W.

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